Venda su sonrisa en la tienda

 

ÒAquel que no sabe sonreir, no debe abrir una tiendaÓ

Proverbio chino.

 

Entrar a algunas tiendas se ha vuelto una experiencia poco menos que terrorifica.

Uno va pensando en como hacer para salir ileso de la compra de la libra de arroz que necesita. Entra a la tienda tratando de no resbalar en el œltimo reguero que dej— el distribuidor de las bebidas y rogando a Dios para que el tendero tenga devuelta de cinco mil. Se acerca al mostrador y trata de fijarse en las estanterias para localizar los granos y ver si hay arroz, de repente asoma el empleado de la tienda detr‡s del mostrador y con un palillo de dientes entre los labios y como quien no quiere la cosa dice: ÒÀquŽ se le ofrece?Ó. En medio del susto que acaba uno de tener por su inesperada aparici—n, uno trata de recordar que era lo que quer’a comprar y en medio de la confusi—n alcanza a balbucear: ÒBuenos d’as, estaba buscÉÓ resulta que acaba de entrar otro cliente a la tienda y uno se queda hablando solo mientras despachan el otro pedido. Al terminar, nuevamente el empleado se dirije a uno y le dice:

-ÒÀQuŽ me dec’a?Ó

-Le dec’a que estaba buscando una libra de arroz. ÀMe podr’a ense–ar esa que se ve en la parte de arriba?

El se–or que atiende va a la parte de atr‡s de la tienda y regresa a los ocho minutos con un banquito para subirse a alcanzar el arroz. Lo baja y se lo muestra a uno mientras le dice: ÒSon seis cincuentaÓ. Uno mira la bolsa que ha tragado todo el polvo de a–o en curso y adem‡s descubre que la marca del arroz es absolutamente desconocida. Entonces en un acto de arrojo, uno se aventura y pregunta: ÒÀMe podr’a mostrar la otra marca que esta m‡s abajo?Ó no sin sentir la misma sensaci—n de abando de un mira pa«l suelo el 31 de diciembre.

El hombre tras del mostrador blanquea los ojos y se decide a subir nuevamente al banco a bajar la libra de arroz de la otra marca. La pone sobre el mostrador y dice: ÒEntoncesÉÓ Uno examina la otra bolsa y muerto de la pena decide llevarse la œltima bolsa que bajaron, no vaya a ser que se enoje m‡s el se–or. Saca uno su billete de cinco mil y antes de que lo pueda desdoblar una voz que sale del otro lado del mostrador le dice: ÒA no, pero es que no hay menudaÓ Uno se esculca los bolsillos tratando de encontrar al menos un par de monedas pero nadaÉ Ò Entonces le va a tocar ir al frente a ver si le cambianÓ, dice la voz. Pasa uno a la tienda del frente y entra preguntando si tienen para cambiarle un billete de cinco. El tendero con una sonrisa en los labios le dice que esta medio corto de menuda pero que va a mirar, mientras Žl esculca en su caja rejistradora uno ve claramente que tiene exibida la libra de arroz que uno busca y le dice: ÒÀPodr’a ense–arme la libra de arroz del frente?Ó el tendero inmediatamente se acerca a la estanteria y toma la libra de arroz para ponŽrsela a uno en las manos. Entonces con asombro uno dice:

-Gracias

-Nuevamente el tendero sonrie y dice: ÒEs con todo el gustoÓ

-ÀQue costo tiene?

-Cuesta setecientos.

-Esta bien, me la llevo.