Desde
el otro lado del mostrador
Se
volvi— maluco ir a mercar
Corr’an
los a–os un poco antes de la mitad del siglo pasado. Las se–oras se acercaban a
los mostradores de los mercados y ped’an al dependiente que les despachara un
kilo de esto, un paquete de lo otro y unas cuantas cositas de aquello. Mercar
era una experiencia larga, trabajosa y no siempre satisfactoria. Sin embargo
las cadenas de supermercados en expansi—n y la nueva tendencia mundial de los
autoservicios comenzaban a introducir en Colombia los primeros mercados donde
los clientes no ten’an que pedir, sino que escog’an libremente entre los
corredores de las estanter’as de mercanc’as disponibles. En un comienzo la
gente no sab’a quŽ hacer al entrar al almacŽn. Caminaba mirando y mirando con miedo
a tocar, al punto que la administraci—n se ve’a en la necesidad de avisar por
los altavoces: ÒUsted puede tomar todas las mercanc’as que desee tranquilamente
y luego cancelarlas en las cajasÓ.
Nuevos
tiempos
Eran
tiempos de cambio y la gente comenzaba a participar de una nueva era en el
comercio y las compras en las que los vendedores pasaban a un segundo plano y
ahora el manejo y la iniciativa del cliente eran los protagonistasÉ
Pero
sucedi— que el af‡n de liquidez y tal vez el miedo a dejar de hacer lo que los
competidores estaban haciendo, por muy equivocados que estuvieran, llevo a las
empresas a proponer a los autoservicios la posibilidad de colocar
ÒimpulsadorasÓ cerca de sus productos para ÒinformarÓ al cliente sobre las
bondades de Žste y luego fueron los mismos almacenes de cadena los que
comenzaron a exigir ÒmercaderistasÓ y ÒpromotorasÓ para ofertar los bienes en
exhibici—n.
De
regreso al pasado
Hoy
en d’a es pr‡cticamente imposible ir a mercar, sin toparse con cinco o seis
ni–as vestidas de uniforme, que s—lo esperan el primer descuido del cliente
para lanz‡rsele con promociones, rifas y sorteos (y con toda raz—n pues el pago
por comisiones no deja muchas alternativas). El cliente apenado, apabullado,
absorto; toma la mercanc’a que se le ofrece y se marcha con el rabo entre las
piernas esperando que la p—xima vez alcance a tener tiempo de mirar con
detenimiento y calma los productos o al menos aprender a zizaguear m‡s
rapidamente con el carrito del mercado para no ser atrapado por un producto imprudente.
ÀY
el cliente quŽ?
El
concepto de autoservicio hacer referencia a que cada qu’en toma lo que desea
sin necesidad de intermediarios. Los almacenes de peque–as, medianas y grandes
superficies han evolucionado as’. Pero el miedo y las ganas de resultados
inmediatos, nos han llevado a presionar nuevamente al cliente, desconociŽndo
que el remedio puede tornarse peor que la enfermedad. ÀQuŽ suceder‡ entonces?
Finalmente el tiempo lo dir‡.