El mercadeo y los venteros ambulantes

 

Por: Carlos AndrŽs Naranjo Sierra.

Publicista UPB

 

El mercadeo no se encarga s—lo del estudio de las relaciones de consumo de las grandes empresas. El mercadeo y la publicidad estudian los fen—menos humanos de comunicaci—n, percepci—n e intercambio econ—mico o ideol—gico tanto de los grandes como de los peque–os, pues tanto los unos como los otros hacen parte del mercado y se afectan mutuamente. De hecho, el fen—meno particular de un hombre vendiendo en una esquina, se ha multiplicado y ahora es un fen—meno general que toca a todo el centro de nuestra cuidad.

El asunto es bastante ‡rido pues enfrenta el bien comœn en la defensa del espacio pœblico, con la posibilidad de subsistencia individual y el derecho al trabajo que muchas veces el Estado no puede garantizar a sus ciudadanos.

 

Se han hecho numerosos intentos de conciliar estos puntos y resolver el conflicto de buena fŽ por medio de la construcci—n de locales comerciales en el centro, que el municipio levanta y arrienda a bajos precios a los comerciantes ambulantes y a los cuales adem‡s se les ofrece capacitaci—n en administraci—n. El œltimo de estos intentos lleva por nombre ÒEl Bazar de los PuentesÓ y hoy en d’a es ocupado por pocos vendedores y muchos fantasmas.

 

ÀPero quŽ fall—? Incluso el dise–o arquitect—nico aprovech— magistralmente un espacio que antes no parec’a no existir, esta ubicado cerca de una estaci—n del Metro y los precios que comenzaron ofreciendo eran bastante competitivos. Lo que fall— es el concepto de mercadeo. En el mercado cada producto y cada servicio obedece a unas necesidades o deseos particulares del cliente. Los vendedores ambulantes en realidad no viven de vender sus mercanc’as; ellos viven de que la gente que circula entre un sitio y otro se antoje o encuentre ocasionalmente algo que le sirve y decida comprarlo. De este modo la compra ambulante es una compra m‡s de impulso que de planeaci—n. La diferencia radica en que pocas personas, por no decir ninguna, hacen planes para ir a comprar una caja de goma de mascar, un par de pilas o un afiche de Natalia Paris, como si sucede para ir a mercar o comprar ropa.

 

Surgen entonces dos posibilidades. Una es montar para los venteros, almacenes por departamentos en los que se encuentren productos o servicios por los que la gente este dispuesta a caminar varias calles hasta los locales comerciales y de esta forma empezar a competir con las grandes cadenas que ya hay en el centro y otra es aceptar que la venta ambulante se alimenta precisamente de eso, de las personas que deambulan de aqu’ para all‡ y que encuentran, casi coincidencialmente a su paso, los productos que no ten’an en mente comprar pero que de repente les ofrecen la soluci—n para algo que hab’an olvidado.

 

Si Žsto es as’, se debe encontrar una forma en que se pueda respetar el espacio pœblico y construir m‡s casetas o puntos peque–os de oferta de mercanc’as en sitios estratŽgicos que faciliten tanto la circulaci—n de peatones como la labor de la econom’a informal. Pues cuando las aceras se llenan de venteros, se perjudican tantos los venteros como los clientes y peatones, pues es el  desorden es tal, que los clientes no pueden circular c—modamente y ver cada producto de modo que se bloquean entre s’ tantas ofertas, y tampoco servir‡ de mucho seguir invirtiendo el dinero de nuestros impuestos en construir centros comerciales fantasma.